La vacuna

Apenas hemos comentado en esta pantalla cómo ha sido y está siendo la vida cotidiana familiar durante el tiempo de pandemia. En Aragón, la Comunidad Autónoma donde residimos, se cerraron los colegios, como en el resto de España, en marzo de 2020. Los de Educación Especial no tuvieron docencia online. Con el cierre de las aulas se perdió también la asistencia a fisioterapia, que se lleva a cabo en los colegios, y a logopedia, tan necesarias para el bienestar de nuestros chicos y chicas, por no considerar el descenso de estimulación social, que en el caso de Daniel desembocó en un retorno al mutismo casi total. Mi super sobrino volvió a manifestarse oralmente en el momento en que pudo incorporarse – ya en noviembre pasado- a la actividad cotidiana del centro de día en Los Pueyos, donde le correspondía ir, tras terminar la etapa escolar. La transición le ha pillado al chaval en medio del caos pandémico, para más complicación. Afortunadamente la adaptación no ha tenido consecuencias más graves que el hecho de haber tardado casi seis meses en dignarse a hacer la comida del mediodía en el centro, asunto que ya parece encaminado por la buena senda del yantar a su hora. Todo ello ha sido afrontado y llevado con paciencia y perseverancia en el buen ánimo.

Durante los momentos más duros de pandemia, de confinamiento total o parcial, el padre de Daniel, cuando concluyó el ERTE de su empresa, tuvo que pedir excedencia laboral para poder atender a su hijo. Lo mismo ha sucedido en tantas y tantas familias del entorno de la dependencia. Nadie parece haber pensado en estas familias. Nadie parece haber considerado que tal vez ellas también necesitasen ayudas para afrontar esta merma de ingresos. O ayuda para atender a las personas dependientes de sus familias, cuando han tenido que hacerlo a tiempo completo (y tiempo completo en estos casos es 24 horas). Nadie. Ni instituciones ni conciudadanos, en general. No mucho más que añadir al respecto, señorías, salvo puntualizar que también, como no podía ser de otra manera, en pandemia el discurso dominante ha sido realmente el de siempre: salvar el ciclo insaciable y tiránico del consumo. Hubo un momento en que pareció que la reflexión sobre la necesidad de una sociedad de los cuidados podía aflorar en medio de esta crisis. Finalmente, las voces firmes al respecto no han sido muchas. No se pierdan, si están interesados en ello, el libro de Victoria Camps, “Tiempo de cuidados”.

Así que el día a día de Daniel y su familia ha transcurrido adaptándose a unas nuevas condiciones económicas, y sobre todo auto-protegiéndose al máximo para proteger a Daniel. El precio de esta, digamos soledad en la batalla, no ha sido menor. Como en otras muchas familias. Pero estoy segura que, una vez más, saldremos adelante. Aunque, esa fortaleza individual de las familias no es justa para ellas, no equilibra la falta de red social, el silencio mediático (a excepción de algunas puntuales informaciones).

Vengo a incidir sobre todo esto a raíz de un momento vivido ayer con Daniel, que me hizo pararme a pensar de forma muy viva sobre qué cosas habrán pasado por su cabeza en todos estos meses, qué sentimientos de temor o inseguridad habrá experimentado, qué preguntas se habrá hecho … Verán, ayer estábamos viendo un concierto, y de repente Daniel empezó a decir: “Mamá, u-a”. Repitió estos varias veces, y yo no entendía lo que quería decir. Su madre no estaba entonces en casa, aunque no tardaría en llegar. Le dije a Daniel que lo sentía, que no entendía; que si papá sabría lo que quería decir. “No”, me contestó. Y repetía, “u-a, u-a, mama”. Así que cuando llegó Inma, le pregunté. Su madre cayó enseguida: ¡vacuna!. Daniel, le preguntó, ¿la vacuna de mamá?. Sí, contestó el chaval, que de repente se esforzó un montón en pronunciar y dijo con claridad: “la vacuna, mamá”. Realmente quería saber qué había pasado con la vacuna de su madre, porque había oído por la mañana que iba a ir al centro de salud a que le dieran cita, en atención a su condición de cuidadora de persona dependiente.

La vacuna. La vacuna. Confieso que casi se me saltan las lágrimas, porque de pronto percibí muchas posibles preocupaciones en el interior de Daniel y me conmoví. Me esforcé en reflexionar, mejor. Mejor que llorar. Y he seguido dándole vueltas a todo esto. Afortunadamente, Daniel está vacunado al completo desde hace tiempo. Su padre está a punto de recibir la segunda dosis, y su madre la primera en pocos días también. Se lo explicamos bien ayer: pronto los tres estaréis vacunados. Y sonrió abiertamente.

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