Daniel cantante

Desde hace un tiempo lo que más le gusta a Daniel que hagamos en su tiempo libre es cantar. La verdad es que cantar es estupendo. Y hacerlo con Daniel todavía más.
Llevamos ya tanto tiempo escribiendo en el blog que a menudo pienso que repetiré con toda seguridad cosas y momentos que ya conté en otra ocasión. Pero deberéis disculparme. Siempre ha sido uno de nuestros propósitos que cuanto reflexionáramos en torno a la discapacidad, o a la parálisis cerebral, -que es como se define clínicamente el conjunto de circunstancias que condicionan la vida de Daniel (y por extensión la de los suyos)-, viniera siempre motivado por la experiencia propia.
Cuando Daniel era aún pequeño (hablo como de cuatro o cinco años), nos íbamos los dos a menudo a pasear por las tardes por un parque cercano a casa, sobre todo en el verano. Así su madre podía o descansar un poco o avanzar en tareas pospuestas ante la necesidad de atenderle a él. Recuerdo muy bien, y todavía con la misma emoción, una de esas tardes. Mientras paseábamos, yo solía cantar. Creo que lo hacía por varias razones: para ir más entretenidos y también para que él supiera que todo el tiempo manteníamos el contacto, para que me oyera detrás de él empujando el carro (aún no teníamos silla de ruedas como tal). En un momento determinado le escuché a él. Le oí repetir la sílaba final de un verso. Diría seguramente “aaa”. No recuerdo la canción. Entonces, seguí cantando con más intención, esperándole a él para que cantara conmigo esa sílaba final. Era todo cuanto podía vocalizar. Pero empezó a hacerlo. Y se acordaba además de cómo terminaban todas las estrofas. No sé si lloré, pero sé que podría haberlo hecho.  Me pareció importantísimo.
Desde entonces (y desde antes, porque siempre le hemos cantado mucho y hemos escuchado mucha música, como sabéis) no paramos de cantar hasta hoy. Incluso a veces, cuando quiero que pare atención sobre algún “discursito” que debe escuchar, lo entono. Aunque, je, hace tiempo que ya se sabe la triquiñuela y al cabo de unos momentos pasa de mí, la verdad es que al principio del “sermón” siempre lo pillo. La música para él es media vida, ya lo hemos dicho muchas veces.
Ahora hace tiempo que sabe canciones enteras (aunque no siempre pueda decirlas al completo por sus dificultades de motricidad en la laringe). Pero como es muy listo, procura que tú cantes y él va acompañando en lo que alcanza. Hasta que se embala y entonces suelta su famoso “uuu-uuu-a- uuu”,  y hala. Aunque lo último-último es que ha reencontrado la canción cuyo estribillo es “ia-ia-o” (o sea las diferentes versiones: En la vieja factoría, En la granja de pepito, etc). Ese estribillo también lo ha perfeccionado vocalmente mucho. Pero vamos, que entra de todo en su repertorio: jota (le pirra, sí, y la canta), copla, pop macarrilla (booombaaa, un movimiento sesyggg … -tengo pruebas grabadas-), un ramito de violetas (quién le mandaba flores..?), en fin …
Y cuando no cantamos, oímos y vemos música, y a ratos también imitamos los sonidos de los instrumentos, sobre todo la trompeta. Digo que oímos y vemos porque ponemos muchas piezas animadas con música, y personalmente flipo bastante con algunas animaciones primigenias de Disney: hemos visto una animación del cuento de los tres cerditos; una batalla tiernísima entre la tierra de la música clásica y la tierra del jazz, que acaba en fusión; un desfile de dulces y golosinas muy blandito y trasnochado, pero de ejecución magnífica …
Pero sobre todo, si no cantamos, oímos música: en estos días la Danza Hungara n.5 de Brahms, que es un fijo casi obsesivo de todas las tardes para comenzar la sesión (y que ya os conté que nosotros conocemos como “hipo húngaro),  la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak (le encanta), Polonesas de Chopin,  Pequeña Serenata Nocturna de Mozart, El Cascanueces … y el viernes pasado mismo reforzamos un poco Vivaldi, porque en el colegio habían estado haciendo pedagogía en torno al invierno y habían escuchado el movimiento alusivo de las Cuatro Estaciones. Daniel vino con una nota en el cuaderno del colegio que decía: “Daniel se lo ha pasado muy bien escuchando el Invierno”. Por supuesto.

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