Y la música no basta

 

Las dos últimas tardes que nos hemos visto hemos estado buceando en la guitarra y en la vihuela. Hemos escuchado piezas interpretadas por Andrés Segovia, de Albéniz, Granados, Bach. Y hemos recorrido un puñado de vídeos con piezas para vihuela, tanto del renacimiento como del barroco. Me hace mucha gracia la expresión de felicidad cuasi beatifica de Daniel cuando escucha música clásica, y no deja de asombrarme su capacidad innata para intuir los giros, los cambios en una composición (aunque no la haya escuchado antes, lo juro): antes de que ocurran suele anunciarlos con su expresión, o se pone alerta, y cuando ya se ha verificado la transición expresa una gran alegría, como diciendo, ¡ya lo sabía yo!

 

Me parece que no os había contado que, a estas alturas, finales de septiembre, el melómano Daniel todavía no ha podido incorporarse a su nuevo centro, el cual ha tenido que cerrar sus puertas para guardar la cuarentena preceptiva por un caso positivo en Covid19. Entre unas cosas y otras, Daniel lleva en casa desde marzo, salvo un par de semanas que pudo asistir al campamento de verano.

Respecto a esta situación os diré, en plan anécdota, que Daniel empieza ya a hartarse de todo, y mira que el chaval tiene una curiosidad a prueba de confinamientos, paseos solitarios con papá y lo que le echen. Pero ya es mucho tiempo de escasa o nula sociabilización fuera del ámbito familiar. En plan más serio, os contaré, sin más ánimo que el de volver la mirada hacia lugares y circunstancias de la pandemia que no se ven demasiado, que la dilatada estancia hogareña de Daniel tiene complicadas consecuencias a nivel familiar. El padre de Daniel tuvo que pedir excedencia en su trabajo para poder atender a su hijo en horario completo, porque a finales de agosto no se sabía si el plan Me Cuida iba a prorrogarse, y la atención a Daniel no es fácil de improvisarse, hay que tener previstas muchas cosas. Así que, de momento, un sueldo menos en casa, pero más gastos diarios.

Sé que cada casa, cada familia, prácticamente cada persona, sufre esta situación de pandemia con alguna implicación dificultosa. Pero, como empieza a escucharse ya desde hace un tiempo, las circunstancias y sus consecuencias no afectan a todo el mundo por igual y, una vez más, los más frágiles han de afrontar mayores adversidades.

Visto desde aquí y ahora, aparte de que la epidemia tiene sus propias leyes que no torceremos completamente hasta que no tengamos una vacuna, creo que este país fue empujado, por razones de pura economía, con demasiada prisa a entrar en esto de la “nueva normalidad”, que se ha convertido en una falta de normalidad para todos, aunque, insisto, más difícil de encajar para algunos. Nadie, a estas alturas, puede decir que, como sociedad, hemos antepuesto la salud. No vivimos en una sociedad que anteponga el valor del cuidado de los suyos. Así que lo ocurrido y lo que parece seguirá ocurriendo no debería extrañar a nadie. Como era de prever en aquella desescalada la razón económica acabó primando bajo los mismos parámetros cortoplacistas que ya conocíamos.

Como al padre de Daniel, imagino que les habrá sucedido a muchos de los familiares de las personas con discapacidad que se hayan visto afectados por la actual cuarentena del centro, y la situación la podríamos seguir multiplicando por todos los centros de atención a la discapacidad que a lo largo de los meses seguro se verán afectados durante periodos de tiempo más o menos largos, igual que va a ir sucediendo con los centros escolares, cuando hay que cerrar temporalmente algún aula.

La conciliación sigue sin ser uno de los objetivos en la estructura de las empresas españolas. La pandemia parecía, dentro del desastre, una buena oportunidad para edificar una economía diferente, menos banal, más real e incluso segura. Los servicios del cuidado constituyen un sector económico a potenciar: a diferencia de algunos otros muy abundantes, los negocios del cuidado, querámoslo o no, siempre serán necesarios, y parece que cada vez más, aunque demos la impresión de ignorarlo, mientras ocupan su territorio franquicias y fondos buitre, que poco ayudan a instaurar una auténtica filosofía social del cuidado.  Esta deficiencia estructural en el entramado social seguro que la vamos a sentir todos en este tiempo, y entre todos deberíamos hacer un pensamiento, de cara al futuro, sobre nuestras prioridades.

 

 

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