Cuidarse/te

Veo ahora que la fecha de la última entrada en este blog para Daniel es de prácticamente tres meses atrás. Creo que nunca había pasado tanto tiempo sin atender este sitio.  Y creo que son dos las razones para que haya ocurrido: una de fondo, pues es verdad que la “normalización” vital de muchas de las circunstancias especiales (digamos) que incumben a Daniel y los que, más o menos intensamente, convivimos con él, restan urgencias a la escritura; otra, coyuntural, que una vez más en nuestro entorno familiar tiene que ver con la perentoria necesidad de focalizar cuidados en uno de los nuestros, con la desconcertante siempre peripecia hospitalaria. Aún andamos en ello. Pero hoy, pese a todo, tengo un ratito para volver a este espacio, tan querido por mí.
Hace justamente una semana presentamos en la Librería Antígona la novela “Madre mía”, de Florencia del Campo (Ed. Caballo de Troya). Un texto muy interesante en un conjunto de temas que tienen que ver tanto con el uso del lenguaje, su naturaleza y su capacidad de generar zonas de vida,  pero también con otros temas de índole socio-político a los que mi lectura no podía escapar: familia, relaciones familares, responsabilidades, el asunto nuclear del cuidado de los nuestros y las responsabilidades que nos atañen o no, la carga social que seguimos asumiendo las mujeres, la falta de tejido asistencial en la colectividad, etc.  Algunas veces en el blog hemos aludido a este tema. Mi recorrido vital al respecto ha ido creciendo, se ha ido engrosando en tipos de experiencias, en emociones personales también. Y dentro de no mucho tiempo me gustaría redactar y compartir con todos un par de textos, al menos, al respecto. Pero hoy necesito otro tipo de estímulo, otro tema, que me reconforte, lo confieso.
Como llevo semanas que no puedo pasar tanto tiempo con Daniel, mi sobrino del alma se me queja. Yo también lo echo mucho de menos. Así que muchas tardes, cuando vuelve del colegio, hablamos por teléfono. Su madre dice que con nadie más tiene esas conversaciones telefónicas. Y a mí eso me gusta oírlo, y me enorgullece. Siempre encontramos caminos de comunicación. Hace poco tuvimos nuestro primer enfado serio, nos duro un par de días. Me dio pena, pero por otro lado me gusto comprobar cómo este chaval es capaz de mantener sus posiciones (para las que no tenía razones justas, pero ese no es el tema), a pesar de que sé que a él le jorobaba ese enfado: estaba claro, porque no me costó mucho deshacerlo …. ja, ja, ja
Sé que la necesidad fundamental de Daniel para nuestras conversaciones es comprobar que yo sigo ahí. Le explico por qué no puedo ir a verle, le cuento algunas cosas, le pregunto por el día, por sus actividades, a veces cantamos un poco… y sobre todo nos decimos que nos queremos (mu-o, mu-o, mu-o) y nos mandamos besos y abrazos y mimos. Nos viene bien a los dos: ese tipo de manifestación de amor sin condiciones que casi sólo puedes sostener (sin preocuparte por la vulnerabilidad aparaejada) con los niños y con personas como Daniel, y que de alguna manera es una forma de cuidarnos juntos.
Bueno, una de estas tardes me escapé un rato a verle. Las fotos son de ese día. Estuvimos escuchando de nuevo la Danza Húngara 5, de Brahms (hi-po Bams) en versiones para clarinete, xilófono, batería, trompeta, violín, piano e incluso expresión corporal.

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