Lenguaje y diversión

Un buen puñado de tardes de mi vida las dedico en parte (con sumo gusto) a echar una mano, cuando mi sobrino Daniel vuelve del colegio. Daniel ha fijado con claridad sus rutinas necesarias. De ellas forman parte aquellas personas, actos y elementos que le permiten sentirse seguro, tranquilo, y también que contribuyen a hacer de su tiempo un espacio vivido y activo, pues Daniel, a pesar de sus limitaciones físicas, es una persona muy inquieta y curiosa, y por lo tanto uno de sus empeños es intentar que quienes le rodeamos y convivimos con él, en una u otra medida, le tendamos un cable para alimentar esas inquietudes y curiosidades.

Cuando Daniel aparece por la puerta del autobús que le trae desde el cole, su saludo habitual suele consistir en un grito de este estilo: ¡Hola, tía, tía, tíaaa, tíiiaaaa! Hay tardes en que no estoy, junto a su madre, al pie del autobús escolar. Entonces su pobre madre tiene una tarea dura por delante: cambiarle el chip. No digo que los alaridos de mi sobrino no vengan auspicidados por el amor que me tiene (ciertamente me quiere, y sé que me quiere mucho; yo también a él). Pero también vienen motivados (yo creo que circunstancialmente en mayor medida) porque si tía está tiene más posibilidades de diseñar una tarde a su medida, pues para eso estamos las tías. En los últimos tiempos la cosa consiste en practicar simulacros de conducción de camiones de bomberos a través de los vídeos de Youtube. Le fascinan los sonidos de las sirenas de los vehículos de emergencias (cualesquiera: bomberos, policía, ambulancias).

Empezó el asunto invocando las ambulancias en cuanto termina la merienda y pasamos al cambio de ropa para estar cómodos en casa. De tanto practicar, al final Daniel ha conseguido pronunciar bastante bien la “b”, uno de los sonidos que le resultan complicados en cuanto a su emisión, sobre todo teniendo en cuenta que en la palabra ambulancia, tenemos una m delante de la implosiva b -tan difícil, muscularmente hablando. Sin embargo, a la hora de practicar el juego de simulacro han sido sobre todo los vídeos de actuaciones de bomberos colgados en Youtube los que nos han dado más posibilidades de imitación lúdica: salidas, conducción, maniobras, etc., etc. Así que también hemos conseguido (sin proponérnoslo de forma sistemática o consciente, sino como resultado del juego) pronunciar con bastante claridad y contundencia el término “bombero” (¡dos b, y una de ellas b precedida de m!). Eso, además de pasar un rato emocionante y estimulante entre sirenas, conversaciones entrecortadas, atascos de tráfico sorteados a la brava, fuegos combatidos, etc.

Como he intentado explicar arriba, poco a poco él va avanzando en el control de los músculos que nos permiten hablar. También en la adquisición de vocabulario. Practica mucho en ello. En casa repite constantemente palabras que los demás le decimos. Lo hace de una forma voluntaria, en absoluto provocada. Le gusta hablar. No lleva muchos años pudiéndolo hacer. Se nota que disfruta y es feliz con cada conquista. La forma en que usamos el lenguaje implica, como sabemos, también una actitud. Me llamó la atención en este sentido, no hace mucho, una cosa en referencia a Daniel. En sus primeros años de vida Daniel gritaba, lloraba, pero prácticamente “no hablaba”, sólo algunos sonidos similares a los balbuceos iniciales de los niños, que luego fueron algo más elaborados y de vez en cuando alguna palabra suelta completa y llena de sentido que nos sorprendía tremendamente y que venía a ser la señal de que el pensamiento de Daniel iba estructurándose de alguna manera, aunque no pudiéramos tener demasiadas referencias al respecto. La fase siguiente consistió en hablar en “inglés”. Inglés de verdad, reglado (one, two… y así) e inglés simulado del de toda la vida (o sea guachi guachi…). La combinación de ambas fórmulas nos dio mucho de sí mientras veíamos partidos de tenis, deporte al que Daniel es bastante aficionado. Repetir los términos de la jerga tenística en diferentes idiomas ha sido una de las maneras en que, de nuevo de manera lúdica, Daniel ha practicado sonidos. Las combinaciones alocadas que conseguía hacer eran una diversión total.. Tanto, que ahora se niega a abandonar la costumbre. Viendo un partido la semana pasada, yo me empeñaba en que repitiera el tanteo de puntos, o las situaciones de juego utilizando los términos reales. E intentaba convencerlo, argumentándole que ahora ya podía, que con un pequeño esfuerzo lo conseguiría. Pero Daniel se aferra a su jeringonza consonántica prácticamente impronunciable basada en la combinación de guturales y palatales a modo guerra de las galaxias, porque es lo que le divierte, demostrando con ello una adolescente libertad de elección y afirmación de lo más madura, pues preserva un territorio de diversión sin más, sin motivación precisa, hablar por hablar, estéticamente, gozosamente.

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