Rey del mambo

Ya se sabe que los problemas y particularidades de la adolescencia comienzan antes. La construcción de la personalidad, a través de las manifestaciones del carácter en un movimiento continuo de propuesta-respuesta se deja notar en el entorno del pre-adolescente a lo largo de muchos años. 
Bueno, parece que ahí estamos. Uf.
Todos recordaréis (o deberíamos procurar hacerlo, es un buen ejercicio de comprensión y empatía con los nuevos pre-adolescentes y adolescentes) vuestros propios años de adolescencia. Muchos estaréis pasando por los de vuestros hijos, sobrinos, hijos de amigos… En fin, todos sabemos de lo que hablamos.
Lo que ocurre en el caso de los chavales con diversidad funcional (dependiendo además, claro está, de la tipología de esta diversidad, y de su grado) es que -también en ésto- la cuestión se complica. Nada nuevo. Pero, sí algunas particularidades. Por lo menos, en el momento de vivir, de afrontar esa especial etapa, de comprenderla y de aportar las soluciones y resoluciones más adecuadas, de acertar efectivamente con las más constructivas.
Daniel anda un poco insoportable. Rebeldillo, diremos. Cabezón y terco. Va de bronca en bronca con su padre y con su madre. Sólo se apresta a hacer lo que le apetece. Cuesta que recapacite, cuando le explicas algo y cuando razonas con él sobre porqué hay cosas que no pueden ser, o no pueden ser cuándo él quiere, o cosas que deben ser, que hay que hacer porque son convenientes, etc. Nada inusual. 
Pero lo complicado a veces viene para su entorno (o sea familia y colegio, principalmente) a la hora de discernir en cada momento qué es lo que en verdad está sucediendo, cuáles son las causas de su comportamiento. Pues a veces no es sencillo saber si sus motivos para el enfado o el “embotonamiento” – que se dice por estas tierras- son justificados (dolor, por ejemplo, o una situación no cómoda para él, etc), o simplemente ha entrado en barrena y no hay quien le haga bajarse del burro. Lo cierto es que suele responder positivamente si se le deja unos minutos -más o menos largos- para “reflexionar” (sin hacerle excesivo caso, digamos, haciéndole entender que su comportamiento es reprobable por la vía de llevarle al lugar o rincón de pensar). 
Bien, discernida la causa del cabreo y el “rebote” como una cuestión de mero mal comportamiento, aun así tampoco la cosa es fácil. Como en todo individuo, también en estos casos hay que estar atentos a las situaciones que rodean las manifestaciones de franca rebeldía a la brava. Ver qué las provocan, cómo se van desarrollando, cómo se encauzan (si lo hacen), etc. Lo que ocurre es que en el caso de Daniel aparecen varios factores al unísono:

Para empezar, la manifiesta rebeldía preadolescente (le caen mal muchas cosas, cuestiona con su comportamiento la autoridad paterna, la autoridad en el colegio, busca su sitio a menudo a base de cuestionar y cuestionar) – esta parte, digamos, sería común a todo chaval de su edad (con o sin diversidad funcional)

Pero a ello hay que añadir que esta actitud se ve un tanto exarcebada y exagerada en su caso porque está coincidiendo con una mayor capacidad comunicativa de Daniel. Va estableciendo más posibilidades expresivas, sobre todo orales, habla cada vez más, y al mismo tiempo, y como consecuencia de ello, lógicamente, expresa más iniciativas por propia motivación. Lo cual, evidentemente, está conllevando que se perciban más rasgos de su carácter (no fácil, por otra parte).

Otro componente que complica la travesía es que los recursos de Daniel para expresar su rebeldía conllevan rasgos de expresión y circunstancias que no es fácil controlar en su caso. Si se enfada o quiere chinchar tiende ahora a chillar (expresión equivalente a las habituales broncas que forman los chavales); y si se cabrea, le cuesta retroceder, debido no sólo al carácter, sino a que a él le resulta más complicado el control de sus propias emociones.

En fin, pasará. Pero tiene razón Jorge cuando dice que hay que evitar que tienda a pensar que determinadas actitudes valen. Sobre todo para evitarle y evitar a su entorno los problemas derivados de la interrelación entre carácter y condiciones neurológicas, que cuanto más crezca  Daniel más intricanda se volverá.

Lo bueno de todo esto es que sucede porque Daniel evoluciona, crece, y lo hace integrado en su entorno.

5 comentarios

  1. Creo que en estos casos no basta aplicar las medidas psicológicas habituales para pautas disruptivas, esas que sistemáticamente dan los profesionales: el rincón de pensar tan puesto en boga por la experta Supernani,el no atender a la demanda si es incómoda e intimida porque en chiquillo grita y estamos en un lugar público etc… Son casos especiales en que, tal vez, es necesario dejar que el chico manifieste toda su frustración hasta que liberé la angustia que le ocasiona el sentirse distinto y preguntarle después si haberse portado así le hace sentirse mejor y más tranquilo, si le sirve para mejorar su estado anímico… Es un tema complejo y a veces los profesionales se limitan a decir aquello que saben queremos oír sin pensar realmente lo que beneficia a la persona que padece el problema… Es una necesidad y un derecho de todos el expresarse y, a veces, hay que dejar sencillamente que ocurra. Es una opinión más, Luisa. Un abrazo

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  2. Lo del rincón de pensar a veces es tal cual y otras un tanto metafórico. Tienes razón en lo que comentas, en el sentido en que yo pienso que a veces el nivel de rabieta se incrementa en proporción a la dificultad de comunicación. No tanto porque se sienta distinto. Pero también es verdad que, por lo menos en el caso de Daniel, muchas de sus \”rabietas\” son en su origen de verdad eso, rabietas, sin más: cosas del tipo \”me aburro\”, \”esto lo quiero ya y no voy a esperar\”… en fin, cuestiones de carácter. Expresarse es bueno, genial. Pero una de las cosas que tiene que aprender Daniel es que, puesto que necesita ayuda en todo momento, a veces tiene que aguardar un poco hasta que le puedes cambiar el canal de televisión, por ejemplo, o ponerle otro capítulo de dibujos, o salir a la calle… Lo que complica a veces la resolución de estas pequeñas peleas cotidianas es la condición de Daniel. Es oes lo que quería contar, realmente. Porque en los asuntos, digamos, más fundamentales, hemos de tener en cuenta más cosas, claro. Aunque de todas formas, sí que considero realmente preciso intentar por lo menos que Daniel también vaya aprendiendo en la medida de sus posibilidades cuáles son las mejores formas de expresarse y de hacerse comprender. El, como todos, debe saber que no todo vale para todo.

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  3. Ay, yo todavía estoy en la \”edad dulce\” con mis hijos. Pero se me acabará prontito, me temo. La santa palabra, con Daniel como con todos, supongo que será \”paciencia\”. No se puede consentir todo, claro… pero me parece muy significativo ese deseo de Daniel de comunicarse más y mejor. El enfado, en su caso, ¿puede ser un motor?

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  4. La verdad es que el trato con los hijos y su educación es una de las cosas más difíciles que hay en esta vida, por lo menos para mí. Mis hijos son más que adolescentes ya, pero a pesar de ello, sigue siendo un tira y afloja diario. Besos

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