Jorge, colega, baloncesto

– ¡Jorgeee! 
– ¿Qué quieres, Daniel?
– Ba-lon-(c) es-to
Ayer me contaba Jorge esta conversación, puntualizando muy certeramente cómo Daniel se dirigía a él llamándole por su nombre para pedirle que le pusiera baloncesto en la tele. Jorge, me decía mi hermano: no papi, ni papá, Jorge-
– De colegas, le decía yo. 
Eso, de chico a chico. Caramba. Crecemos. Tema. Este. Para otro día.
Daniel y Jorge viendo fútbol

Cambiando un poco, digo,  con esto de las palabras y sobre cómo Daniel va diciendo cada vez más. Fijaos bien que no digo “va incorporando a su vocabulario”. Porque el vocabulario de Daniel se ha ido configurando hace mucho tiempo. El vocabulario va por dentro. En su pensamiento y reflexión. Y existe. Y su gramática. Otra cosa es que no pueda expresarse oralmente con agilidad,  que tenga que recurrir a  otras fórmulas, como las gestuales; como cuando le pones un vídeo en el ordenador, o un cuento, o algo de música y no le gusta: se echa para atrás, aparta la cara… Bueno, todos lo hacemos, a veces.  Pero él piensa: no me mola nada, tía. Y lo piensa así. Fijo.

Y es que es muy difícil decir Jorge, por ejemplo. Hace ya un porrón de años  – cuando normalmente nunca decía ni pamplona, porque no podía hacerlo físicamente-, cuando era todavía muy pequeño, la logopeda de Atención Temprana, al oírle emitir un sonido muy próximo a la “g”, una guturalización muy clara, nos dijo que este sonido era muy complicado para la gente que tenía problemas de afasía, para los chicos con parálisis cerebral afectados de afasia.
Luego, al poco tiempo, una tarde (creo que ya lo he contado), de pronto Daniel – oyéndonos a Inma y a mi hablar de Jorge (son episodios que una no olvida nunca)- soltó clarito y alto: Jorge, de corrido, sin duda, con todos los sonidos. Y flipamos. 
Pero tardó mucho tiempo en volver a decirlo. Es muy difícil decir Jorge. Aunque ahora para él pronunciar el nombre de su padre no tiene secreto. Y estoy casi segura que su esfuerzo y su interés han tenido mucho que ver con la total compenetración que tiene con su padre.
Tambien es muy difícil decir ba-lon-(c) es-to. Pero le gusta mucho este deporte y lo nombra ya con bastante soltura (sin la c normalmente, eso sí, sobre todo si lo dice espontáneamente.
Es muy difícil decir he-li-co (p)-te-ro, os lo aseguro. Pero no hace mucho, Elena le preguntó en una de las clases caseras de las tardes qué cosa era esta que vuela y hace pop-pop-pop— y Daniel le contestó con toda naturalidad:
– He-li-co (p)-te-ro (y es que le molan estos cacharros). 
Es muy dificil decir  Yo-ko-ich  (traducción danielina de Djokovic). Mucho más que decir Na-al. Pero ambos son sus dos ídolos tenísticos. Anda perfeccionando mucho su pronunciación del “Deuce” (Iiius),  el término tenístico que indica un empate a 40. Y el otro día casi doy un bote, porque le oí un imperfecto “treinta a quince”, mientras veíamos un partido del reciente torneo de Valencia.
Me entusiasman muchas cosas que son fruto de su crecimiento. Pero escucharle ir soltando tantas palabrejas… me “suliveya” una barbaridad.
A veces, él empieza a contarnos algo por propia iniciativa. Eso es fantástico. Lo malo es cuando no conseguimos entenderle. Porque entonces lo nota enseguida y se calla. Y me da mucha rabia. Pero no importa, siempre le decimos que el problema lo tenemos nosotros. Ya lo he dicho otras veces. Aprenderemos con él. Como venimos haciendo. Enseñándonos mutuamente.

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