Batalletas entretenidas

Aunque es cierto que escribir en este blog para Daniel suele ejercer siempre una acción curativa en mi ánimo, hay ocasiones en que me sitúo delante de la pantalla y el teclado con la exacta intención de buscar aquí, en las cosas que puedo contar acerca de Daniel, un efecto reparador, calmante casi. Concentrarse en disfrutar.
Ayer estuvimos un rato por la tarde reunidos en casa de los abuelos Julio y Rosario. El abuelo no anda bien de salud y ya no puede salir mucho de casa. Yayo U-i-o le llama Daniel. Y así “coreaba” otro día el nombre de su abuelo, como animándole, cuando volvía de su sesión de diálisis, de la que llega un poco cansadillo, claro. 
Estando ayer en casa de los abuelos, vimos un rato del partido de voleibol entre el Teruel y el Soria. Ganó el Teruel (¡gran equipo!) y como con casi todos los deportes, Daniel se mostró muy interesado en este, aunque sin llegar ni de lejos a su ya comentado entusiasmo tenístico, sobre todo entusiasmo nadaliano. ¡Vamos, Rafa!, nos contó Jorge, era el grito que repetía Daniel durante una buena parte de las seis horas que duró el otro día la final del abierto de Australia (lo vio casi entero). Y como a Daniel últimamente le encanta insistir en aquello que reconoce que los demás valoramos que lo hace muy bien (o simplemente insiste para llamar la atención, como nos pasa todos), pues luego dedicó un buen rato al grito aprendido de ¡Rafa! ¡Rafa!: como todos piensa Daniel que el partido de Nadal fue extraordinario (está bien que, al menos a veces, ganar no sea lo único importante).
Niño televisivo como es (y quién no en estos tiempos: a mi la televisión me parece un medio fantástico, lleno de posibilidades, que a menudo desaprovechamos, eso es cierto, relegadas por las fáciles búsquedas de audiencias de las cadenas), hay otro tipo de programas (además de los dibujos animados y las pelis -estas menos todavía-) que le gustan bastante: los concursos digamos “de conocimientos”. Como se exige rapidez, el adulto de turno, que ve el programa con él, va contestado a las preguntas en nombre de los dos. Si vamos acertando es una juerga. También le gusta a Daniel que el concursante vaya acumulando ganancias: euros, euros…  
Tiene claro que la pasta es importante, y también, hijo de su tiempo, es bastante consumista. No importa que él directamente no compre nada: le gusta un montón ir de tiendas, de centros comerciales, llevar paquetes a casa y esas cosas. 
Si le preguntas que quién tiene la pasta para comprar, no lo duda: papá. Y como ayer le dije que ya sabía que le tenía, pues, que hacer mucho la pelota a su padre: se mostró completamente de acuerdo, lanzándole un sonoro besazo.
Tengo que buscar un cuento que ayude a reequilibrar un poco en su escala de valores este asunto  de la pasta. Digo un cuento, porque escuchar historias encandila a Daniel:  puede pasar horas oyéndolas, sobre todo si se las cuenta una persona. Se acomoda, se arrellana, y hala: ¡que sea bien largo el cuento, por favor!. Así que me parece un buen vehículo con Daniel para muchas cosas. Los cuentos y los vídeos.  Y si los vamos alternando en una misma sesión, mejor que mejor. 
La última sesión intensiva de cuentos la dedicamos la semana pasada  al tema de los castillos, ¡nuevamente!. Tenía el pobre una tarde un poco chunga: había comido en el comedor un extraño (para todo el mundo que yo conozco) pez, llamado tirapia. Parece que es un pescado azul, o por lo menos eso pensamos, porque le produjo una indigestión de tomo y lomo (y Daniel tiene intolerancia a este tipo de pescado). Nadie podía saber que la tirapia le iba a sentar mal, claro, porque nadie sabía nada acerca de este pez. En fin, la cuestión es que, después de suministrarle un par de digestivos, para distraerle un poco, mientras se mantenía algo recostado para facilitarle que se le pasara el dolor de estómago, estuvimos contando cuentos sin parar, y también viendo algún video alusivo. Así pasamos un par de horas: entre castillos de Gengis Khan (me inventé un relato, que me quedó muy bien: mezcla de Marco Polo y Señor de los Anillos), viajes más ortodoxos del propio  Marco Polo, vida cotidiana en un castillo… En fin, acastillados y con batalletas varias vamos curándonos cuando es preciso.

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