Recetas mágicas

1. Lo decía Jorge, en el coche de vuelta a casa: está agotado (Daniel); se emocionan tanto y se esfuerzan tanto para participar de las cosas, que acaban molidos (lo decía por los chicos/as con diversidades funcionales, en concreto por los chicos/as de Araprode que habían asistido a la representación de “Recetas mágicas”, teatro de la magia, que el grupo Almozandía llevó el lunes por la tarde al fantástico espacio -mágico en sí mismo- de la librería El pequeño teatro de los libros). A las nueve y media de la noche Daniel dormía como un bendito.
2. La tarde había empezado para nosotros a las cuatro y media. Fui a buscar a su casa a Daniel. Nos esperaba un largo trayecto en autobús urbano hasta llegar a El Pequeño Teatro de los Libros: atravesando prácticamente toda la ciudad. Unos 50 minutos de autobús. Yo tenía algunas prevenciones, claro (de índole técnico, digamos, en cuanto a la adaptación de los autobuses urbanos y esas cosas: pero este asunto vamos a dejarlo para otro post, porque se merece un espacio propio y porque enturbiaría un poco el aire mágico que tuvo en general toda la tarde). Pero mis prevenciones no eran en absoluto compartidas por Daniel: él se dispuso a invocar (bus-bus-bus) la llegada inmediata del autobús en cuanto bajamos a la calle y el rato que estuvimos esperando en la parada. No había subido nunca en autobús urbano de las líneas regulares (las razones forman parte de la zona no amable que hoy obviamos), así que el viaje era una auténtica y fabulosa  aventura. Fue todo el tiempo encantado, risueño, escuchando música en el iphon, mirando por la ventanilla sin perder detalle, y diciéndome de vez en cuando: ¡hola!, con una sonrisa de oreja a oreja (yo entiendo que era su forma de decirme: ¡qué guay, tía!). Le daba absolutamente lo mismo que en algunos tramos de la ciudad el conductor no tuviera en cuenta para nada que llevaba una silla de rueda a bordo y se dedicara a tomar las curvas en plan derrape y tal: al contrario, cuanto más movimiento, mejor, tía. Y llegamos al barrio de Las Fuentes: cara de querer decir, pues vaya, se ha acabado este viaje tan molón… Pero inmediatamente, en cuanto le digo a Daniel que vamos a ver el teatro de la magía, cambiamos de palabra abracadabrante: ya no es bus, sino mago (bueno: a-o).
3. Nos recibe en la calle Rosa (Araprode): venga Daniel que ya están casi todos: Enrique, Javier Ibañez, Javier Roco, Santiago, Alejandro, Clara, Adrián… (no sé si me dejo a alguién…). Esta era la primera salida de grupo en la ciudad que organizaba Araprode. Rosa estaba nerviosa, pero todo fue muy bien. A cada niño lo fue a buscar un/a monitoro/a a su casa, y después de estar con ellos durante la función, ellos los llevaron de vuelta a casa. En algunos casos, como el de Daniel y su tía, vinieron sus padres a recogerlos. Yo es que tenía mucho interés en asistir a la representación: me lo pasé muy bien, con el teatro y con los chicos.
4. Una de las cosas más mágicas de la tarde fue comprobar una vez más que los chavales no diversos funcionales y los que sí lo son se juntan y participan de las actividades, cada cual a su manera y según sus posibilidades, sin ningún problema ni recelo. La librería estaba, afortunadamente, a rebosar de chicos, chicas y familias. Hay que repetirlo.
5. La función fue encantadora (y muy profesional). Almozandía despliega un buen puñado de recursos (gestuales, humor, lenguaje, trucos mágicos) para construir un espectáculo infantil actual, realista y fantasioso a un tiempo, dosificando unas cuantas recetas pedagógicas y educativas muy acertadas, trufadas entre diálogos que se construyen con la agilidad y la frescura del propio pensamiento infantil: de hecho los chicos se adelantan en ocasiones a la réplicas de los actores en escena. Un diálogo constante entre la escena y público, vamos. Y un mensaje muy adecuado para todos (adultos también) en estos tiempos: magia -imaginación- y diversión están por todas partes, en cualquier cosa (es una cuestión de actitud). Sacarino y Cuchufleta se ganaron a los chicos y chicas completamente. A todos los chicos (unos aplaudían, botaban, bailaban en el sitio; otros se agitaban un poco en sus sillas, reían, movian sus cabecitas, se expresaban también a su manera). Y en lo que a Daniel respecta soplaba con la cocinera-maga Cuchufleta cuando ella soplaba para hacer magia. Soplar no es fácil: que lo digan los logopedas. Acabó empapado de tantos nervios y emociones. 
6. Creo que yo casi me lo pase mejor que ellos. Por mi misma y porque ellos disfrutaron mucho. Me encantó ver a Daniel tan emocionado por ir en el autobús, por ver el espectáculo. Mágico. Mágicos, caramba.

Un comentario

  1. Que guapo lo que nos cuentas, ay si. Desde luego El Pequeño Teatro de los Libros es un lugar mágico para todos, ¡cuanto se lo curran!.Siento habérmelo perdido porque seguro que mis cachorros (los dos) habrían disfrutado un montón.Mmm cuanta vida buena.

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