Yo: Daniel, c´est moi

Siempre lo digo: por supuesto que hubiera preferido que Daniel fuera un niño sin problemas psicomotores, funcionalmente no diverso, que diríamos. ¿Cómo voy a sentir o desear otra cosa? Pero también he dicho siempre que, una vez que la vida nos sitúa en determinadas circunstancias -más o menos determinantes, o absolutamente determinantes como es el caso- no queda otra que abrir bien los sentidos y la razón y aprender a vivir de una manera otra, de una de las muchas formas que hay de vivir.
Siempre lo digo: Daniel ha hecho que mis apreciaciones de la realidad se construyan con muchas más   facetas de las que era capaz de ver antes de que él estuviera con nosotros. Por ejemplo, el hecho de que el ritmo de las cosas sea más lento (en proporción a la dificultad que supone hacer algo, moverse, etc, en un ámbito en general hostil a lo diferente), me ha situado en el margen necesario para valorar mejor precisamente el mérito y el esfuerzo invertido en todos los logros que cotidianamente consideramos ya como habituales, naturalizados en nuestras costumbres y usos como si hubieran aparecido de la nada o hubieran estado desde siempre a nuestra disposición. Porque cada una de esas cosas ha costado y cuesta mucho esfuerzo, mucha voluntad común, muchos ejercicios de confianza mutua. 
Y qué no diremos entonces de las cuestiones peleadas y conseguidas en pro de la inclusión social. Para mí este concepto no se limita a la disponibilidad de los mecanismos necesarios para la atención y cuidado de las personas con diferencias, sobre todo de las personas a las que esas diferencias las sitúan en desventaja. Para mí, inclusión social supone que el común de la sociedad acepte e “incluya” en su deambular general y cotidiano la diversidad, la diferencia; y que extraiga aprendizajes  de cuanto esas  disimilitudes pueden aportar al aprovechamiento de conjunto de la sociedad, que es bastante más de lo que generalmente creemos (aunque para entenderlo sea preciso apartarse de los puros y simples  parámetros del libre mercado en cuanto mera rentabilidad -ahora ya demostrados insuficientes incluso para la supervivencia del propio mercado capitalista-).
En momentos difíciles, como los actuales de crisis (no sólo económica), lo usual y lo fácil es optar por lo más inmediato y evidentemente por la defensa de lo propio. Sin embargo, estoy  plenamente convencida de que de este atolladero gordísimo en el que estamos no nos sacarán los comportamientos de siempre. No lo sé explicar; no tengo claros los componentes de lo que está sucediendo en esta vicisitud histórica ni de lo que nos espera en el futuro. Pero tengo la intuición de que necesitamos otros valores; de que sin arriesgarnos, sin generosidad, sin imaginación no saldremos bien del embrollo. Un mundo global, multi-total, absolutamente interrelacionado, horizontal, no puede evolucionar  desde y con propuestas heredadas de épocas que se fundamentaron en realidades completamente distintas. 
Entre las muchas cosas que están sucediendo hay un hecho incontestable: no sirve ya el tradicional contrapeso socio-histórico al que estábamos acostumbrados, transitando por momentos alternos de predominio de las iniciativas individuales o de las colectivas (o de drástica y radical pugna entre ellas en un mismo momento histórico, como fue el teatral periodo de la Guerra Fría). Estamos instalándonos en escenarios en los que cada individuo reclama su espacio como entidad única, en el que muchos lo consiguen efectivamente, siendo preciso al mismo tiempo encauzar y organizar  las nuevas formas de socialización múltiple que van apareciendo. Hay que dar salida adecuada a cada conciencia, a cada uno de nosotros. Necesitamos volvernos seres empáticos, porque  no podemos permitirnos desperdiciar las posibilidades de tanto potencial diverso interactuando. Necesitamos crear condiciones en las que cada uno de nosotros tenga realmente un sitio y se sienta él mismo.
Hasta hace poco, cuando a Daniel le preguntabas por ejemplo lo que le preguntó ayer por la mañana su madre (¿quién va hoy a la Granja-Escuela en Movera a tocar al conejo y a montar en el burro?), Daniel respondía siempre:  Da-ni-el; refiriéndose a sí mismo en tercera persona. Lo hacen lo niños pequeños muchas veces (pensadlo), mientras dura el proceso de formación de su identidad y se van reconociendo en los diferentes contextos. Pero ayer, ante esa pregunta, Daniel respondió con rotundidad: YO. Y como nos dijo en la última consulta el doctor Valdizán (de él hablaremos un día, dentro de no mucho tiempo): es importantísimo que Daniel sea consciente de sí mismo y desarrolle su personalidad, es lo más importante.
Es esencial para todos que Daniel y otros muchos tengan un lugar propio y común donde comunicar esa identidad y  consciencia de sí mismos. Y éso sólo lo podrán hacer si conseguimos mecanismos sociales de empatía. Y por eso no estoy dispuesta a que ninguna crisis económica y las excusas que ella genera arrasen con el trabajo hasta hoy realizado y anulen las posibilidades de futuro (que todavía queda mucho por hacer). 
Entre otras cosas porque existe la fragilidad. En momentos de fortaleza y abundancia nadie piensa en la fragilidad. Pero la fragilidad forma parte de cada uno de los seres humanos, de la naturaleza. Y yo puedo ser  Daniel en cualquier momento.

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