Gunilla Gerland

Hace un par de semanas (el tiempo transcurre a más velocidad que el pensamiento a veces) Alejandra Fortunato (www.escuela-inclusiva.com.ar) me envió un recado acerca de una historia que ella misma había publicado en el blog de la Fundación La Nación (http://www.hacercomunidad.org/). 
Es una entrevista con Gunilla Gerland, una mujer con síndrome de Asperger, en la que ella misma explica su trayectoria y situación. La historia me ha causado gran interés, tanto por si misma como por los enfoques que Gunilla Gerland expone acerca de lo que la diferencia de la mayoría y cómo aborda sus dificultades en ese sentido, no como un problema realmente, sino como un hecho diferencial que debe ser tratado adecuadamente y apreciado como es.
Lo cierto es que considerada la discapacidad (quiero decir los distintos colectivos de personas con diversidades funcionales) en sí misma, el mayor problema que se plantea desde el punto de vista de la inclusión social es que la mayoría de la población  y, por supuesto, la práctica totalidad de las instituciones responsables entienden dicha inclusión como un proceso hacia la “normalización”. Siendo “normalización” un proceso por el que la discapacidad debe quedar disfrazada bajo el simulacro de lo que es normal para la mayoría. Este planteamiento no es inclusivo realmente. Parte nuevamente de una situación y de un criterio que prejuzga como superior y deseable lo que es mayoritario. 
La inclusión ha de contemplar todo lo contrario: lo plural, lo diferente, apreciado precisamente por su diversidad y en lo que es, sin más. 
Es más costoso. Seguro. También más justo. Y más real.
No os perdáis la entrevista con Gunilla Gerland, que empieza así:
Cuando uno ve sobre el estrado a Gunilla Gerland y la oye pronunciar en perfecto inglés una conferencia sobre el autismo, lo último que piensa es que esta sueca de 42 años sea, ella misma, víctima del síndrome de Asperger (autismo de alto funcionamiento, es decir, sin retraso mental). Pero así es: tras una infancia y juventud marcadas por la incomprensión, a los 30 años consiguió finalmente “un diagnóstico que por fin se pusiera nombre a lo que me sucedía y me posibilitara hacerle frente”…

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