El Valor de la Mirada: Cuidados y Complicidad

Explicaba yo en un capítulo de «Pero el amor no basta. El valor público de los cuidados», que suelo mirar mucho a Daniel. Esa mirada es una forma de lenguaje, por supuesto, y una constante indagación (siempre interrogante, claro, incapaz al fin y al cabo, sobre su carácter, sus necesidades, sus querencias y desafecciones, su pensamiento. Pero también es una mirada de simple y mero afecto, un lugar de entendimiento mudo compartido, de mera complicidad por el hecho de estar compartiendo lugar y tiempo, contacto.

A veces, tengo que ir temprano a ayudar en las tareas matinales previas a que Daniel se vaya al centro diurno. Esto sucede a causa de que desde hace un tiempo Daniel ya no cuenta con la colaboración de cuidador matutino, como había venido siendo costumbre durante muchos años. En general, los empleos ligados a los cuidados suelen, por diversas razones, ser precarios y a menudo ejercidos provisionalmente a ser posible, en tanto no aparezca otra ocupación mejor remunerada y más estable. Aunque las causas son múltiples, la razón básica de todas ellas reside sin duda en que los trabajos y tareas dentro del ámbito de los cuidados siguen entendiéndose, desde un punto de vista social y económico, como algo menor. Es un error y un agravio que condena tanto a trabajadores como a usuarios a situaciones de continuada inseguridad, cuando no verdadera angustia. Iré retomando y buceando en diferentes aspectos de este laberinto en futuros posts o artículos de prensa, ya veremos. Me parece necesario. Pero ahora, en este Domingo de Ramos, que de niña siempre era alegre y feliz, sembrado de blancas palmas con sus coloridos adornos, prefiero regresar al calor de las miradas que comparten y se comparten.

Desde que era pequeño, mirar a Daniel recién despertado es un momento muy balsámico. Ese Daniel que viene del sueño con el rostro completamente relajado, que suele estirar placenteramente su cuerpo como si no existiera la espasticidad en su vida, es impagable. Por supuesto que siempre estoy y estaré ahí para lo que Daniel precise. Iré a su casa temprano por la mañana siempre que haga falta. Pero, además de esa voluntad que nace de forma natural y lógica, está el regalo de mirarle en ese momento en el que Daniel más se parece al niño que fue (una parte de él aún lo sigue siendo, claro, como sabéis, no, metafóricamente, sino neurológicamente) en el que parece que el tiempo casi no ha transcurrido.

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