Hidratarse bien

El endocrinólogo es en la actualidad el único especialista que según los protocolos del sistema de Salud aragonés debe revisar la situación de Daniel periódicamente. Ni su evolución musculoesquelética, ni sus problemas de disfagia, ni su condición neurológica, deben ser, al parecer, objeto de seguimiento. Sospecho que las revisiones endocrinológicas se deben especialmente para comprobar que Daniel sigue necesitando las recetas oficiales y especiales para batidos proteínicos y espesante. No es un caso particular, ya digo. Los protocolos están así planteados, como contábamos en el libro «Pero el amor no basta. El valor social de los cuidados», que podéis ver por ahí abajo. En fin. A lo que íbamos.

El endocrino pidió hacerle analítica a Daniel para su última revisión, y aparecieron unos resultados un poquillos alterados, lo cual tampoco es una sorpresa, claro. No es fácil corregirlos, claro, pero con el tema de la hidratación sí que se han puesto manos a la obra los padres de mi sobrino. Nunca ha sido fácil conseguir que beba lo suficiente. Daniel tiende a atragantarse con los líquidos, y además no le gusta demasiado el agua, por lo que sea. Por no alargarme, resumo. Con bastante preocupación, los padres de Daniel le comunicaron la situación al centro de día, pues allí pasa muchas horas y es fundamental que sea allí, donde de lunes a viernes, intenten que se hidrate suficientemente. Están consiguiendo que beba cuatro vasos de agua con espesante, y si pone problemas para el agua, la tiñen con un poquito de zumo de melocotón, que le gusta mucho. Esto último fue una buena pista para hacer lo mismo en casa. Pero estaba el tema de la textura, porque en casa nunca había sido fácil conseguir que Daniel bebiera con espesante. Así que Jorge se puso a investigar un poquito, y encontró una indicación respecto a que para evitar el atragantamiento una de las texturas más indicadas era la similar a la miel. Hecha la prueba, fue un éxito. Así que ahora el chaval lleva una dieta de hidratación de mínimo seis vasos al día de agua con espesante y una pizca de zumo de melocotón para teñir el color y engañar al sabor. A rajatabla. No importa que cuando Daniel oye el tintineo de la cucharilla que revuelve la mezcla, ponga carilla un poco de hartura. Siempre va para adentro.

Su padre no deja de preguntarse por qué no se dieron antes con el truco. Es inevitable sentir una punzadilla, a pesar de que sea evidente que uno no da con las soluciones hasta que no tiene que responder al problema. También se lamenta de que a nadie se le ocurriera antes decirles por dónde podrían ir los tiros para mejorar el asunto de la hidratación, puesto que el caso de Daniel no será en absoluto una excepción. Casi nadie os ha enseñado a nada de todo lo que habéis tenido que aprender, fue mi respuesta el otro día. Y es así. Lastimosamente. Cada caso de discapacidad es un universo, por descontado. Pero insistiré sin cansarme en que un apoyo holístico por parte de unidades socio-sanitarias donde poder buscar y contrastar información, aprovechando experiencias previas y en paralelo, tampoco estaría nada mal.

Terminemos con dos apuntes amables, en la línea de las ocurrencias de Daniel, que muchos ya conocéis. Hay tardes que tal y como entró por la puerta su saludo consiste en reclamar ipsofactamente que comencemos con la música, normalmente «el hipo» de Brahms (recuerdo: Danza Húngara número 5). Una de estas tardes demoré un poco mi atención hacia él, porque estábamos hablando con Jorge e Inma. Se enfadó un poco, y le pregunté qué pasaba, que si no ponía «el hipo» me iba a borrar de mi cargo de tía. Y contestó entre carcajadas que sí, el tunante. Yo volví a insistir, con un «así que sí, eh…», y él, pues que sí, y venga a reírse. Acabamos en mimos y achuches, por supuesto. Y cierro, contando que por música divertida, y en efecto lo es, mi sobrino entiende, entre otras, el jazz callejero de Nueva Orleans, del que el otro día nos vimos y escuchamos y bailamos un poquillo un puñado gordo de vídeos como este que os enseño, para ilustración.

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