Cabalgata de Reyes espectacular

No tengo fotografías de Daniel viendo la cabalgata de los Reyes Magos la tarde del 5 de enero porque no pudimos hacerlas. Inma y yo estábamos muy ocupadas manteniendo a Daniel de pie encima de su silla, lo más recto posible, para que alcanzase a ver el paso de la comitiva. Como tuvimos que ir primero a la ortopedia para solucionar una cuestión de mantenimiento del vehículo de Daniel, llegamos a la plaza de Aragón, por donde tenían previsto su paso los señores Reyes Magos, un poco justos de tiempo y ya había dos o tres filas de padres y niños por delante de nosotros. Evidentemente, Daniel sentado no veía nada de nada. Estuvimos aún un buen rato esperando hasta que llegaron las carrozas al punto donde nos encontrábamos. Quiero decir que todos tuvimos tiempo de mirarnos, intercambiar algunas frases, etc. Pero de entre las decenas de personas que teníamos alrededor solamente dos se dirigieron a nosotros para decirnos que intentáramos que nos abrieran paso y nos colocaramos delante, para no tener que sacar a Daniel de su silla. Daniel tiene diez años; es alto; está delgadillo, pero cuando hace tensión para mantenerse, creerme que hay que desplegar mucha, mucha fuerza y equilibrio para contrarrestar esa tensión y su altura. Estuvimos en esa tesitura toda la cabalgata. Pero nadie más alrededor nuestro dijo esta boca es mía. Acabamos molidillas: Inma de los riñones (porque aguantaba a Daniel desde atrás, sujetándole las piernas y el culete), yo de los brazos, las cervicales y las clavículas (porque aguantaba a Daniel desde el frente, sosteniéndole la espalda en alto y aguantando la fuerza de apoyo de sus brazos en mis hombros). Quizás si hubiéramos insistido y pedido paso, la gente se hubiera movido, claro. Pero, es que cuando ves en tus narices una actitud tan absolutamente indiferente, ya no te dan ganas más que de una cosa, que me mejor me callo. En vista del nulo civismo y empatía del personal, va a ser cuestión de reclamar al ayuntamiento reserva de plazas para ocasiones como éstas. Siempre igual. Ya sé que lo que cuento es en realidad una minucia, comparado con desigualdades y discriminaciones realmente serias. Pero me parece todo un síntoma. Es heavy pensar que había tanta gente alrededor y prácticamente nadie se inmutó.

Bueno y Vale.
He querido empezar contando lo negativo precisamente para que a partir de aquí os olvidéis, porque lo realmente importante de esa tarde es lo bien,bien, bien que se lo pasó Daniel, lo contento que estuvo, su emocionante nerviosismo. A la cabalgata general de la ciudad nunca nos habíamos atrevido a ir: muchísima gente, demasiado ruido, dificultades de situarse bien, etc. Pero después de este año, ya nos buscáremos la vida para encontrar un buen sitio y que Daniel pueda ver a los RRMM sentadito en su silla.
La impaciencia se le apoderaba al principio. Daniel es un ser impaciente (no le beneficia mucho, no). En cuanto le dijimos que íbamos a ver la Cabalgata nos dio el camino (menos mal que era corto): protesta y protesta, porque la cosa tenía que ser ¡ya, ya!. Después, cuando ya nos situamos y se dio cuenta -al cabo de un ratito, eso sí- de que allí todo el mundo esperaba, cedió el mal genio y la impaciencia y aguardó muy serio y tranquilo a que empezase a llegar a nuestra altura el desfile. Al asomar la cabecera de la procesión real y mágica, lo cogí en brazos y empezó a girarse a todos los lados, para mirar y mirar; alargaba el tronco y el cuello como un gimnasta; la cabeza: ¡erguida, erguida y sin balanceo de ningún tipo, allá en lo alto, por encima de mi cabeza! Espectacular, de verdad. Pero estaba claro que yo no iba a aguantar así todo el tiempo. Entonces fue cuando a Inma se le ocurrió lo de apoyarlo de pie en la silla y sujetarlo entre las dos. La cosa fue así mejor, ciertamente.

Aparecieron las primeras máscaras del desfile: danzarines, pajes, acróbatas, hacedores de fuego… Daniel abría unos ojos como platos. Llegó el gran Gong anunciador de que llegaban sus mágicas majestades: el gong sonó delante nuestro y Daniel ni un sustillo, fascinado. Llegaron las carrozas de los tres Reyes Magos, cada una precedida por la de los regalos que cada cual traía. Y Daniel cada vez estiraba más el tronco, se ponía de puntas sobre la silla, elevaba la cabeza, abría la boca, abría más los ojos… Y cuando, en segundo lugar entre los Reyes, apareció Gaspar (el rey que le trae los regalos a Daniel), éste lanzó -junto a los demás niños- un par de sonorosísimos ¡Hola, hola!, de una manera absolutamente espontánea. Repito: espectacular. Espectacular tanta estimulación, tanta motivación, tal cantidad de respuestas, sin alteraciones de ningún tipo. Y espectacular su alegría, su emoción. Por suerte, la carroza de Gaspar se paró un buen rato justo delante nuestro: la repanocha.

El desfile terminaba tras el paso de Baltasar – este año la Cabalgata venía un poco como de crisis, la verdad, pero es que hay crisis, claro- y ya todos empezamos a caminar. Nosotros tres hacia el coche, mientras Daniel seguía alucinado. Había mucha gente por todas partes y eso dificultaba aún más transitar con la silla por las aceras del centro de la ciudad. Pero esa tarde ya daba igual. Bien abrigaditos fuimos china chana hasta el coche, aparcado en una plaza para discapacitados. Tuvimos suerte y habían respetado la distancia trasera para poder bajar la rampa (no suele ser así). Daniel no sólo estaba alucinado, estaba tan agradecido que al sentarnos ya en el coche empezó a echarnos un montón de besos a su madre y a mí. Una madre y una tía que se fueron a casa más contentas que unas pascuas, evidentemente (él sabe que somos facilonas, ay).

La foto muestra al grupo del rey Gaspar en los preparativos para la cabalgata de hace dos años, que fue un poco más «rica» que la de éste. La hemos obtenido de la página Zaragoza Directo

5 comentarios

  1. Menos mal que el incivismo no os fastidió la fiesta ni la alegría. ¡Vivan los Reyes majos! (a los \»pasotas\» que no os dejaron sitio, seguro que les trajeron carbón)

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  2. Como si lo hubiera visto.A juzgar por lo que se ve en las cabalgatas, año tras año abundan los mayores que se matan por arrasar empujando a sus hijos a arramplar con lo que sea con tal de llevarse la mayor cantidad de caramelos que en el fondo quizás ni les gusten.Magro ejemplo para los más pequeños.Menos mal que Daniel tiene al lado a dos reinas más que magas bien capaces de hacer posible lo difícil.Y tienes razón: lo importante es lo bien que lo pasó el chaval y que no fue vano el deslome con que lo hicisteis posible.Todo un éxito.Otro año quizás alguna gestión en el sitio adecuado posibilitaría que Daniel pudiera estar en primera fila. O, en todo caso, quizás un esfuerzo madrugador sería menor que el esfuerzo de sostenerlo como cuentas.Todo sea por colmar los deseos del impaciente ¿no?Besos a todos, especialmente a ese lujazo de tía que eres.

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  3. ¡Mira que nos ibamos a dejar fastidiar! ¡para nada!Un besote, Mari.—————–Sí, sí, Ybris, el espectáculo paterno es un poco penosillo (aunque no todos, no). Y en cuanto a lo de buscarse un sitio mejor, ya lo haremos desde luego, aprendido hemos.Besos para ti y los tuyos, rey.

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  4. ¡Cómo me alegra tanta ilusión! De la primera parte de tu entrada, mejor no comento… La empatía es un lujo que la mayoría de la gente no suele permitirse. Felicidades a Inma y a ti por vuestro tesón. Lo que no nos cuentas es qué tal se portaron los Reyes con Daniel. Supongo que con vosotras dos también muy bien: os lo merecéis.

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  5. Me imagino que la parte positiva, que es la que vale aquí, fue que Daniel debió pasárselo chupi…De cualquier modo, cuando se ven comportamientos así, uno piensa que cómo se va a arreglar el mundo, es difícil el arreglo.

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